"Puede que la fuerza de la inteligencia racional sea pequeña, pero es constante, y siempre actúa en la misma dirección, mientras que las fuerzas de la insensatez se destruyen unas a otras en una pugna estéril". Bertrand Russell
Esta
dominical mañana, cuando aún la bruma jironeaba el horizonte del milenario valle del Ebro, con ese
agridulce anhelo que supone vislumbrar la meta, he puesto punto final a
la postrera aventura de Diego Alatriste y Tenorio, español y soldado de
los Tercios Viejos; aquellos que con mucha honra, valor y desesperanza,
asolaron los campos de Europa, defendiendo intereses de inmerecidos
reyes, orondos nobles y vampíricos burócratas, que nunca fueron los
suyos, pero que, fatalmente, sembraron las verdes colinas de Flandes y
las agrestes tierras italianas de odio y rencor, y de cadáveres de
castellanos, vascos, andaluces y catalanes que, codo con codo, lucharon
hasta el último aliento sin dar jamás un paso atrás.
El autor
hilvana, tan magistralmente la fantástica aventura sobre la urdimbre de
la Historia, que hace imperceptibles las difuminadas líneas que separan
realidad y ficción. Brindándonos el disfrute de unos personajes
verdaderamente verosímiles viviendo una aventura más que probable en un
ambiente perfectamente real.
La aventura veneciana de Alatriste y
sus amigos, rememorada por las inéditas memorias de Íñigo Balboa, en la
que nuestros personajes, aciagos peones, de la ajedrezada diplomacia
europea, se ven fatal e inevitablemente metidos en una conjura de
imprevisibles consecuencias con sorprendentes compañeros de encamisada y
donde la tensión, los lances de espada y vizcaína se entremezclan con
profundas reflexiones acerca del sentido de la vida, de la lealtad, del
amor y de la honra, principal capital de los miserables y olvidados
soldados españoles.